Todo comenzó un lunes a las 6:00 a.m. Cuando mi despertador sonó, quise dormir cinco minutos más… Lo que no me esperaba era que ya iban siendo las 6:40 a.m. Me levanté de golpe y aceleré mi rutina mañanera para lograr llegar a tiempo a mi lugar de trabajo.

Mis movimientos no tenían control porque mi mente sabía que tenía que apurarme para salir, cruce varios semáforos para alcanzar el transporte público pero en medio de mi afán tropecé con un carrito ambulante, mi pie quedó en medio de las llanticas y la herida fue en toda la tibia del pie.

Me ardía la piel pero me dolía más el corazón al ver al dueño de su carrito triste porque todos sus productos cayeron al piso, le dije “perdón, discúlpeme no lo vi pasar, yo le voy a pagar los daños causados”. Él con una sonrisa me dijo “tranquila que como sea hoy voy a trabajar con o sin mi carrito, mejor déjeme ayudarla a limpiarle la sangre”

Al levantarme, le ayudé al señor a organizar su carrito y le di dinero por los daños causados, continué mi camino hacia mi oficina, ya estaba retrasada pero no podía hacer nada, pues por mi afán todo se complicó.

Me recibió don Pedro, el de seguridad y con su voz fuerte me dijo “oye mi niña pero si que te gusta trabajar”- obvio pedrito es mi responsabilidad, le respondí.

“Sí mi niña pero hasta los días festivos te gusta venir”.

El final ya lo sabrán los lectores, porque al igual que ustedes también me quedé sin palabras cuando me di cuenta que por mi afán no recordaba que era festivo.

Y así funciona el don de emprender, todo debe ser sin afán y con calma, de tal manera que el proceso se disfruta mejor y se obtienen mejores resultados.